Alguien una vez me dijo
luego de que le contara pastillitas de mis gustos, que yo tenía un espíritu de
soledad. Desde ese momento hasta el día de hoy he tratado de refutar esa
opinión.
Siempre he sido de la idea
de que toda nuestra imagen y apariencia y palabras y cuidado personal y hasta
nuestra casa habla de nosotros… nos delata como somos realmente por dentro.
Cuando aplico ese principio a mi vida no dejo muchas veces de sentir pena por
mí.
En mi oficina me gusta
asomarme a la ventana en las tardes y observar la misma calle esquinera todos
los días. Es una calle solitaria y ni un alma pasa por ahí salvo de cuando en
cuando. En las tardes, cuando se pone el sol, esa calle solitaria se ve hermosa
cuando la baña un fulgor anaranjado. Siempre a la misma hora todos los días me
gusta verla. En esos trances que siempre me transporto a lo alto de una
montaña, y me veo sentada con las rodillas inclinadas contemplando un atardecer
y la majestuosidad de un campo abierto y solitario. Pero siempre me veo sola en
esa escena. A veces veo a mi persona amada allí. Pero siempre callados.
Muchas veces he pensado que
lo mejor para mi es retirarme del mundo. Coger una mochila y desaparecer por
completo. Pienso a veces que eso me daría la paz que necesito. He llegado a
considerar realmente la posibilidad de tener un espíritu solitario.
Es difícil cuando conoces a
Dios lidiar con esto. Es difícil lidiar con la tranquilidad que me brindan los
espacios abandonados, así como lo es lidiar con la imagen de siempre de verme
admirando un atardecer, trasladándome a los anhelos más íntimos de mi corazón.
Tratar de escudarme de que
David hacía lo mismo para escribir el salmo 8, es una máscara. Y si la soledad
llegase a ser buena, esto es solo, para los momentos de reflexión y de
encuentro con Dios, pero para nada más.
Nunca he sentido placer o
alegría el estar rodeada de gentes. No sé si la gente me aterra o me disgusta.
Trato de amar al prójimo, pero sólo eso. Ahora he cambiado. Antes la tragedia
humana no movía ni un recodo de mi corazón, y hasta pensaba que se lo merecía;
ahora siento compasión y hasta el temor de que a mí me pueda pasar igual.
Antes, incluso las historias que leía me daban lo mismo o me parecían
ridiculeces típicas del hombre; hoy no sé cómo, me compenetro en esas
historias, que hasta debo detenerme para meditar, y por qué no, también para
soñar un momento.
Siempre había considerado a
las personas como seres fastidiosos, llenos de actos interesados,
quemeimportista; una plaga que necesitaba ser azotada para moldearse. No sé si
lo mío ha sido un sentimiento de desprecio por el ser humano, y eso no estaría
bien. Hoy gracias a Dios, me he sensibilizado, pero sigo con esa sensación de
querer alejarme del mundo, e irme a lugares deshabitados por el hombre.
En mi futuro, me veo sola.
Me veo en una casa sola, con una lamparita deleitándome en mis caprichos de
leer o dibujar o escribir. Me veo sin tener que rendir cuentas a ser humano
alguno. Pero también, duele decirlo, me veo en la enfermedad y en la depresión
sola. Ese es el cuadro de mi futuro.
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